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La Real Expedición Filantrópica de la Vacuna, conocida popularmente como la Expedición Balmis, es uno de los episodios más asombrosos y conmovedores de la historia de la medicina. En una época donde la globalización apenas se dibujaba en mapas de papel y las travesías marítimas se cobraban incontables vidas, España organizó la primera campaña de vacunación masiva y global de la que se tiene constancia.

A continuación, nos adentramos en el relato detallado de esta gesta humanitaria.

Expedición Balmis

1. Inicios históricos y motivaciones

A finales del siglo XVIII, la viruela era el enemigo público número uno de la humanidad. Esta enfermedad infecciosa diezmaba poblaciones enteras, ensañándose con especial crueldad en los niños y provocando tasas de mortandad de entre el 20% y el 50% en los territorios de ultramar del Imperio español. En 1796, el médico inglés Edward Jenner descubrió de manera científica que la inoculación del virus de la viruela vacuna ( cowpox) otorgaba inmunidad a los humanos frente a la letal viruela humana.

La noticia de este hallazgo corrió como la pólvora por Europa. En España, el rey Carlos IV sufrió en su propio núcleo familiar los estragos del virus: su hija, la infanta María Teresa, falleció a causa de la viruela en 1794. Sensibilizado por la tragedia personal y alarmado por los informes devastadores que llegaban de las colonias americanas, el monarca decidió patrocinar íntegramente con fondos públicos una misión sin precedentes. El objetivo era llevar la recién descubierta panacea a todos los rincones de sus dominios geográficos. El médico de la corte, el alicantino Francisco Javier de Balmis, presentó un plan audaz que fue aprobado de inmediato, dando inicio oficial a la expedición el 30 de noviembre de 1803 al zarpar del puerto de La Coruña.

2. El método de transporte y sus problemas

El principal reto de la misión era puramente biológico. En el siglo XVIII no existían sistemas de refrigeración ni neveras portátiles. El fluido de la vacuna extraído de las pústulas perdía su efectividad y se estropeaba en apenas unos pocos días si se guardaba en frascos o placas de vidrio. ¿Cómo conseguir que el virus atenuado sobreviviera vivo a una travesía por el océano Atlántico que duraba semanas?

Balmis ideó una solución tan brillante como controvertida para la sensibilidad actual: utilizar una cadena humana viva. Embarcó en la corbeta María Pita a 22 niños huérfanos (expósitos) procedentes de Galicia, de entre 3 y 9 años de edad. El método consistía en vacunar a dos niños al inicio del viaje. Cuando el virus completaba su ciclo de incubación en sus brazos y aparecían las pústulas cargadas de linfa fresca (aproximadamente a los 9 o 10 días), Balmis extraía el líquido con una lanceta y se lo inoculaba a los siguientes dos niños sanos de la fila.

Isabel Zendal Este sistema requería una precisión milimétrica. Si la cadena se rompía por cualquier motivo —por ejemplo, si todos los niños se contagiaban a la vez o si el virus no "prendía" de forma escalonada—, la vacuna moriría y la misión fracasaría por completo. El cuidado de los pequeños recayó en Isabel Zendal, directora del orfanato de La Coruña, considerada hoy por la Organización Mundial de la Salud como la primera enfermera de la historia en misión internacional. Zendal obró milagros higiénicos y afectivos en alta mar para mantener a los niños limpios, sanos y con los brazos a salvo de rascaduras accidentales que pudiesen estropear la linfa.

3. Dificultades técnicas

La cadena humana funcionó con éxito en el mar, pero los verdaderos desafíos físicos y burocráticos comenzaron al pisar tierra firme. El Imperio español abarcaba territorios inmensos con geografías indómitas. Para propagar la inmunización, los médicos tuvieron que abandonar la comodidad de los barcos y adentrarse a pie, a caballo o en mula por selvas tropicales densas, pantanos plagados de mosquitos y las escarpadas cumbres de la cordillera de los Andes, a miles de metros de altitud.

Al desgaste físico y las enfermedades tropicales que padecieron los expedicionarios se sumó la resistencia humana. En muchas regiones americanas, las comunidades indígenas desconfiaban comprensiblemente de los tratamientos impuestos por las autoridades coloniales. Además, algunos virreyes y gobernadores locales, celosos de su autoridad o reacios a gastar dinero de sus propias arcas para mantener la logística local, entorpecieron activamente la labor de Balmis. En lugares como México o Lima, los científicos se toparon con que algunos médicos locales ya comerciaban de forma fraudulenta con fluidos espurios, cobrando grandes sumas de dinero por vacunas ineficaces, lo que chocaba de frente con el carácter totalmente gratuito y universal de la expedición real.

4. Las diferentes rutas empleadas

Dada la colosal extensión geográfica de la empresa, la expedición tuvo que dividirse estratégicamente para cubrir el mapa de manera eficiente:

Rutas de la expedición

  • Ruta del Atlántico y Caribe: Tras una provechosa escala inicial en las Islas Canarias, la corbeta llegó a Puerto Rico y posteriormente a Venezuela. En La Guaira (Caracas), ante la inmensidad del continente sudamericano, Balmis tomó la trascendental decisión de fragmentar el equipo en dos ramas en mayo de 1804.

  • La Subexpedición de Salvany (América del Sur): El subdirector de la expedición, el catalán José Salvany y Lleopart, asumió el mando de la ruta meridional. Se internó por Nueva Granada (actuales Colombia, Venezuela, Ecuador y Panamá), cruzó los Andes en condiciones extremas y descendió hacia el Virreinato del Perú, Chile y Bolivia. Fue una ruta agónica de siete años que minó por completo la salud de Salvany, quien perdió la visión de un ojo y acabó falleciendo de agotamiento crónico en Cochabamba (Bolivia) en 1810, entregando literalmente su vida a la misión.

  • La Ruta del Pacífico (Balmis): El grupo principal liderado por Balmis se dirigió hacia la Nueva España (México). Tras inmunizar masivamente el territorio mexicano, Balmis zarpó desde Acapulco en 1805 cruzando el inmenso océano Pacífico a bordo del navío Magallanes, empleando para esta nueva travesía a un grupo de niños mexicanos. Llegó a las islas Filipinas, extendiendo la inmunización por el archipiélago. No contento con eso, el incansable médico se adentró de forma audaz en territorio chino, introduciendo la vacuna en la colonia portuguesa de Macao y en la provincia de Cantón, antes de regresar finalmente a España en 1806.

5. Resultados y legado histórico

Los resultados numéricos de la expedición resultan abrumadores para los estándares de la medicina decimonónica. Se estima que más de 500.000 personas fueron vacunadas directamente por los miembros de la comitiva. Sin embargo, el verdadero valor de la Expedición Balmis no radicó únicamente en los pinchazos del momento, sino en la creación de infraestructuras estables.

En cada gran ciudad que visitaban, Balmis y Salvany fundaron las llamadas Juntas Centrales de Vacunación. Estas instituciones públicas se encargaban de registrar a la población, conservar el fluido de la vacuna mediante cadenas locales de niños y formar a profesionales sanitarios locales para que la inmunización continuara activa a lo largo de las décadas siguientes. Este enfoque sistemático convirtió una campaña de emergencia en una política de salud pública autosostenible.

El propio creador de la vacuna, sir Edward Jenner, escribió al enterarse de la magnitud de la gesta:

"No puedo imaginar que en los anales de la historia se encuentre un ejemplo de filantropía tan noble y audaz como este".

6. Una anécdota de la expedición

A lo largo de tantos años de viaje por medio mundo se acumularon cientos de historias, pero una de las más singulares ocurrió durante la estancia de Balmis en la fronteriza e inhóspita región de Texas y las Provincias Internas de México.

En esos territorios septentrionales, la viruela era vista por las tribus nativas como un demonio invisible traído por el hombre blanco. Al enterarse los jefes de varias tribus comanches de que un "brujo bondadoso" enviado por el rey de España llevaba en los brazos de unos niños un remedio mágico que impedía que la piel se llenara de llagas y provocara la muerte, decidieron enterrar temporalmente el hacha de guerra. Varios grupos de guerreros comanches cabalgaron pacíficamente hacia los asentamientos coloniales españoles portando banderas de paz, no para saquear, sino para presentar respetuosamente a sus hijos ante los médicos sanitarios y exigir ser vacunados. La ciencia logró generar una tregua pacífica allí donde las armas reales jamás lo habían conseguido.

¿Verdad? ¿Ilusión? ¿Leyenda?  ¡Vete a saber!

Fuentes consultadas para saber más:

Instrucciones:
 
Realizado por: Albert Galobart Roca (ALZ880)